CONSTRUIR EL FUTURO CON LOS MIGRANTES Y LOS REFUGIADOS

De nuevo celebramos la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado. El papa Francisco nos habla en su mensaje de construir el futuro con ellos, y nos urge a renovar el compromiso para la construcción de un futuro más acorde con la voluntad de Dios, de un mundo donde todos podamos vivir dignamente en paz y donde habite la justicia, donde nadie quede excluido. El proyecto ha de incluir a todos, y ha de situar en el centro a los habitantes de las periferias existenciales. Entre ellos hay muchos migrantes y refugiados, muchos desplazados y víctimas de la trata, y también con ellos Dios quiere edificar su Reino.

Construir el futuro con los migrantes y los refugiados significa además reconocer y valorar lo que cada uno de ellos puede aportar al proceso de edificación. Ahora bien, para llegar a ese reconocimiento y valoración hay que superar los prejuicios que nos llevan a considerarlos como extranjeros, como extraños, como una amenaza para nuestro futuro. Al contrario, los hemos de considerar como una parte del conjunto, una parte del pueblo de Dios, del futuro a construir, porque son prójimos nuestros. Más aún, tal como nos enseña la parábola del Buen Samaritano, hemos de cambiar el planteamiento y no tratar de descubrir quién de entre los demás es o no mi prójimo. Soy yo quien ha de convertirse en prójimo, de forma que el otro cuente para mí tanto como yo mismo. Jesús da un vuelco total a la antigua perspectiva ya que es el samaritano el que se convierte a sí mismo en prójimo y nos enseña a ser prójimo y nos muestra que la clave para serlo está dentro de uno mismo. Hemos de llegar a ser personas que aman a los demás, que se preocupan por ellos, que se conmueven ante el sufrimiento ajeno, que tienen un corazón abierto. No se trata de descubrir quién es mi prójimo sino de comportarme como prójimo de los demás. 

En efecto, el prójimo no son sólo los otros, que pueden merecer o no consideración y ayuda. Prójimo soy yo respecto a los otros, en relación a todos los seres humanos sin distinción de ningún tipo. Porque no se trata del objeto de nuestra ayuda, sino del sujeto que ha de auxiliar. Desde esta óptica, soy yo quien debo convertirme en prójimo de todos, incluso de los enemigos. Ser prójimo significa cumplir el mandamiento del amor haciéndose prójimo de los demás, sobre todo de los más heridos del camino. En consecuencia, es preciso subrayar que aquí aparece una universalidad en el amor que se fundamenta en el hecho de que yo soy hermano de todo aquel que me encuentro, de todo aquel que necesita mi ayuda.

La parábola del buen samaritano ha de ser el criterio de comportamiento, y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado que se encuentra en el camino, sea quien sea, sin importar de dónde venga. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y al que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se diluye en una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico en el tiempo y en el espacio, en el momento presente y en el lugar en que habito. Este es el criterio de comportamiento y la medida que nos propone Jesús: la universalidad del amor que se dirige a todo hermano necesitado, quienquiera que sea.

Hemos de ser prójimos de los migrantes y los refugiados. Su presencia constituye un enorme reto, pero también una oportunidad de crecimiento humano, cultural y espiritual. Con ellos estamos llamados a construir el Reino de Dios, un Reino de justicia, de fraternidad y de paz.

+José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla